Colombia y el nuevo avance de la derecha en América Latina
lunes, 22 de junio de 2026
 Colombia y el nuevo avance de la derecha en América Latina


Por Redacción


La virtual victoria de Abelardo de la Espriella en la elección presidencial de Colombia vuelve a mover el mapa político de América Latina hacia la derecha. No se trata únicamente del relevo de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda en la historia reciente colombiana, sino de una señal más amplia: el electorado latinoamericano parece estar castigando a los gobiernos progresistas donde la promesa de transformación no logró contener la inseguridad, el deterioro económico ni el desgaste institucional.

Con el preconteo prácticamente cerrado, De la Espriella aparece como ganador frente al senador de izquierda Iván Cepeda en una de las elecciones más cerradas de la historia reciente de Colombia. La diferencia, menor a un punto porcentual, obliga a esperar el escrutinio oficial; sin embargo, el mensaje político ya quedó instalado: Colombia, que hace apenas cuatro años representó uno de los mayores triunfos de la izquierda regional con Petro, ahora se inclina hacia una derecha dura, nacionalista y de discurso frontal contra el crimen.

El resultado colombiano no ocurre en el vacío. Forma parte de una tendencia que se ha extendido por distintos países de la región, donde los votantes han girado hacia opciones conservadoras, liberales o abiertamente ultraderechistas, impulsadas por una narrativa común: recuperar el orden, reducir el tamaño del Estado, combatir al crimen organizado sin concesiones y romper con las élites políticas tradicionales.

En ese escenario, De la Espriella logró capitalizar el cansancio frente al gobierno de Petro y el temor de amplios sectores sociales ante el avance de la violencia. Su campaña combinó el lenguaje de la seguridad con una agenda económica de reducción del aparato público, impulso a la inversión privada, expansión de la exploración petrolera y endurecimiento contra grupos armados. También hizo de la confrontación ideológica una herramienta central, presentándose como un muro frente a la izquierda y como un liderazgo dispuesto a gobernar sin medias tintas.

La comparación con otros liderazgos regionales resulta inevitable. En Argentina, Javier Milei llegó al poder con una propuesta de ruptura contra el Estado tradicional y la clase política. En El Salvador, Nayib Bukele consolidó un modelo de seguridad de excepción que ha sido celebrado por sectores conservadores y cuestionado por organismos de derechos humanos. En Ecuador, Daniel Noboa ha apostado por un discurso de seguridad y control frente al crimen organizado. Ahora Colombia se suma a esa corriente con un candidato que promete mano dura, megacárceles y fin de los diálogos con estructuras armadas.

El giro tiene explicación social. En buena parte de América Latina, la ciudadanía ya no vota únicamente por ideología, sino por miedo, frustración y urgencia. La inseguridad se convirtió en el principal motor político. Donde los gobiernos no logran garantizar tranquilidad en las calles, las propuestas de orden ganan terreno, incluso cuando implican tensiones con derechos, instituciones o procesos de paz.

Colombia es un caso especialmente sensible porque su historia reciente está marcada por décadas de conflicto armado, negociaciones de paz, violencia política, narcotráfico y presencia territorial de grupos ilegales. Por eso, la llegada de una derecha de discurso más agresivo puede significar un cambio profundo en la estrategia de seguridad nacional. De la Espriella ha prometido terminar conversaciones con grupos armados y enfrentar el crimen con una lógica más militarizada, lo que podría modificar por completo la ruta seguida durante el gobierno de Petro.

Pero el triunfo, aunque simbólicamente contundente, también exhibe una sociedad partida casi por la mitad. Iván Cepeda, candidato de izquierda, obtuvo una votación histórica y mantiene al progresismo como una fuerza política viva, organizada y con capacidad de oposición. La elección no representa una desaparición de la izquierda colombiana, sino una derrota estrecha en un país polarizado, donde ninguna de las dos visiones logró imponerse con mayoría holgada.

Ese dato es clave para entender el nuevo ciclo latinoamericano. La derecha avanza, pero no necesariamente sobre sociedades pacificadas o políticamente alineadas. Avanza sobre países divididos, cansados y con instituciones bajo presión. Su principal combustible es el desencanto, pero su principal riesgo es gobernar con la misma lógica de confrontación que la llevó al poder.

La virtual victoria de De la Espriella también puede tener efectos geopolíticos. Colombia es un actor estratégico para Estados Unidos en Sudamérica, por su ubicación, su relación histórica con Washington, su frontera con Venezuela y su papel en la lucha contra el narcotráfico. Un gobierno de derecha en Bogotá podría endurecer la relación con Caracas, modificar los equilibrios regionales y reforzar alianzas con gobiernos conservadores del continente.

Para América Latina, el mensaje es claro: la llamada “marea rosa” que llevó al poder a distintos gobiernos progresistas en los últimos años enfrenta un contragolpe. El electorado parece estar entrando en una nueva fase de péndulo político, donde la promesa de justicia social pierde fuerza cuando no viene acompañada de seguridad, crecimiento y resultados tangibles.

Colombia, con una elección cerrada y todavía pendiente de confirmación oficial, se convierte así en el nuevo laboratorio de la derecha regional. De la Espriella no solo ganó votos; ganó espacio en una conversación continental marcada por el hartazgo, el miedo y la exigencia de autoridad. La pregunta de fondo es si ese avance derivará en gobiernos eficaces o en una nueva ola de polarización.

Por ahora, el mapa político latinoamericano vuelve a moverse. Y esta vez, el movimiento viene desde la derecha.



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