La llegada de más mujeres a espacios de poder en Sinaloa coincide con la narrativa nacional del “tiempo de las mujeres” impulsada por la Cuarta Transformación. Sin embargo, detrás de las designaciones, ascensos y candidaturas, persiste una estructura política dominada por hombres que limita la autonomía real de quienes hoy ocupan cargos estratégicos. Gobernadoras, alcaldesas, diputadas y funcionarias aparecen como rostros del cambio, aunque muchas siguen sujetas a decisiones tomadas desde los grupos masculinos que conservan el control político, financiero y electoral del estado.
Por Santiago Rentería.
Desde la llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia de la República, Morena y la Cuarta Transformación han insistido en una narrativa que coloca a las mujeres en el centro del nuevo proyecto político nacional. El discurso oficial habla de igualdad, paridad y empoderamiento femenino. En Sinaloa, esa narrativa encontró terreno fértil: nunca antes tantas mujeres habían ocupado simultáneamente posiciones clave en el poder estatal.
Pero detrás de la fotografía política permanece intacta una realidad menos visible: las principales decisiones continúan dependiendo de los grupos masculinos que controlan el aparato gubernamental, presupuestal y electoral. Las mujeres avanzan, sí, pero muchas veces bajo tutela política.
El caso más visible es el de Yeraldine Bonilla Valverde. Su ascenso de diputada local a gobernadora interina fue leído por Morena como una muestra del nuevo rostro femenino del poder en Sinaloa. Sin embargo, dentro de los círculos políticos locales existe consenso en que su margen de maniobra sigue condicionado por el grupo político de Rubén Rocha Moya, quien, pese a haberse separado temporalmente del cargo, mantiene influencia en la toma de decisiones estratégicas del gobierno estatal. Rocha manda a control remoto; eso nadie lo duda.
Bonilla Valverde llegó al Congreso estatal como una figura joven, disciplinada y cercana al rochismo. Su carrera política avanzó rápidamente bajo el cobijo del grupo gobernante, pero precisamente esa cercanía es la que hoy alimenta las críticas sobre la falta de independencia en su administración. Funcionarios clave, operadores políticos y estructuras administrativas siguen respondiendo a intereses construidos desde el sexenio de Rocha.
En Mazatlán ocurre algo similar con Estrella Palacios. Su llegada a la alcaldía fue presentada como un relevo generacional femenino dentro de Morena, aprovechando además su imagen fresca y su experiencia en el área turística. Antes de asumir la presidencia municipal, Palacios había construido su carrera en dependencias relacionadas con turismo y promoción institucional. De hecho, fue reina del Carnaval a principios de siglo.
No obstante, dentro del puerto se percibe que las decisiones más importantes siguen dependiendo de acuerdos políticos ajenos a ella. La operación financiera y de obra pública continúa vinculada a intereses heredados del grupo del gobernador con licencia y de operadores políticos que conservan influencia sobre el Ayuntamiento. La alcaldesa gobierna, pero con márgenes reducidos frente a estructuras masculinas que dominan la administración pública local.
DE ACTIVISTA A CÓMPLICE
El caso de Teresa Guerra Ochoa quizá sea el más simbólico. Durante años fue reconocida como activista, académica y defensora de los derechos de las mujeres. Su voz tuvo peso dentro de las organizaciones feministas y de derechos humanos en Sinaloa mucho antes de ingresar formalmente al círculo cercano del poder estatal.
Cuando Rocha Moya la invitó a encabezar la Secretaría de las Mujeres en 2021, muchos interpretaron su incorporación como un intento del gobierno por darle legitimidad progresista a la administración. Sin embargo, con el paso del tiempo, la figura crítica que cuestionaba abusos y violencia institucional terminó diluyéndose dentro de la lógica de disciplina política de Morena.
Durante su gestión en la Secretaría de las Mujeres, Guerra Ochoa evitó confrontarse públicamente con el gobierno estatal pese al incremento de feminicidios y desapariciones. Colectivos feministas que antes la reconocían como aliada comenzaron a señalarle silencio y omisión. Su salto posterior a una diputación plurinominal consolidó su integración total al proyecto político de Rocha.
Desde la presidencia de la Junta de Coordinación Política del Congreso local, Guerra intentó posicionarse como una posible candidata a la gubernatura para 2027. Apostó a que Morena pudiera reservar Sinaloa para una mujer y que ello obligara al grupo dominante a construir una candidatura femenina de unidad. Pero las tensiones internas, la crisis política del rochismo y las investigaciones internacionales contra figuras cercanas al grupo gobernante modificaron por completo el escenario.
SIMULACIÓN ANTE QUIRINO
Otra figura que ejemplifica la transformación política femenina dentro de Morena es Graciela Domínguez Nava. Durante el gobierno de Quirino Ordaz Coppel, Domínguez fue una de las voces más duras de oposición desde el Congreso local durante el gobierno de Quirino Ordaz Coppel. Construyó una imagen de política combativa, crítica y cercana a las causas populares.
Sin embargo, tras la llegada de Morena al poder estatal, su discurso perdió confrontación. La cercanía con el grupo gobernante transformó a la antigua opositora en parte de la estructura oficial. Aunque mantiene aspiraciones políticas propias y su nombre sigue apareciendo rumbo a la sucesión de 2027, sus críticos consideran que pasó de cuestionar el poder a adaptarse a él.
IMELDA, EN PLENA CAMPAÑA
En el Senado, Imelda Castro Castro continúa siendo una de las mujeres con mayor experiencia política dentro del morenismo sinaloense. Militante histórica de la izquierda, Castro ha construido una carrera de décadas que le permitió posicionarse como una de las figuras femeninas más fuertes del estado.
No obstante, dentro de Morena se le identifica como parte del círculo político de René Bejarano y Ricardo Monreal. Aunque mantiene presencia nacional y estructura propia en Sinaloa, sus posibilidades rumbo a la gubernatura dependen todavía de negociaciones internas dominadas por liderazgos masculinos y acuerdos cupulares.
El fenómeno no es exclusivo de Sinaloa. A nivel nacional, Morena ha impulsado candidaturas femeninas y presume avances en paridad de género, pero en muchos estados las mujeres siguen llegando al poder mediante estructuras controladas por hombres que administran recursos, candidaturas y decisiones estratégicas.
La paradoja de la Cuarta Transformación es que, mientras presume el “tiempo de las mujeres”, buena parte del poder real continúa concentrado en figuras masculinas que deciden quién llega, cuánto dura y hasta dónde puede avanzar cada una de ellas.
En Sinaloa, las mujeres gobiernan más espacios que nunca. Pero detrás de muchas oficinas, candidaturas y decisiones, los hombres siguen moviendo los hilos.