La euforia que tarde o temprano va a terminar
sábado, 4 de julio de 2026
La euforia que tarde o temprano va a terminar


Hay momentos en los que un país necesita olvidarse de sí mismo y en México encontramos ese respiro en el futbol. Las calles se llenaron de banderas. Las familias se reunieron a la televisión. En oficinas, hogares y restaurantes, durante noventa minutos dejó de hablarse de política, de violencia o de economía. El Mundial consiguió algo que pocos fenómenos logran: poner a millones de personas para celebrar al mismo tiempo. Y eso también tiene un enorme valor.

Porque después de años marcados por la pandemia, el mal gobierno, la incertidumbre económica y una violencia que no concede treguas, los mexicanos necesitaban una buena noticia.

Como anfitrión, México ha sido, probablemente, el verdadero protagonista de esta Copa del Mundo. La pasión de su gente terminó por eclipsar a Estados Unidos y a Canadá, cuyos aficionados viven el futbol con una intensidad muy distinta.

Pero toda euforia tiene fecha de caducidad.

Cuando el árbitro marque el final del último partido, el país volverá a encontrarse con la misma realidad que dejó en pausa durante algunas semanas y los problemas ahí estarán.

Seguirán los miles de homicidios que cada año estremecen al país. Continuarán las desapariciones que siguen acumulándose sin una respuesta efectiva. Persistirá la incertidumbre económica que enfrentan millones de familias y un sistema de salud y de seguridad que continúa siendo insuficiente para buena parte de la población.

En Sinaloa, esa realidad es todavía más evidente.

Mientras millones celebran cada gol de México, muchas familias esperaban noticias de un familiar desaparecido. Otras enfrentaban el duelo por víctimas de la violencia. Comerciantes continuaban lidiando con las pérdidas derivadas de meses de inseguridad, mientras cientos de ciudadanos modificaban sus horarios y su forma de vivir para reducir riesgos.

Nada de eso desapareció porque hubiera Mundial. Simplemente dejó de ocupar los encabezados durante algunos días.

El futbol tiene esa capacidad extraordinaria de unir a un país. De devolver esperanza. De recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos colectivamente, pero también corre el riesgo de convertirse en un anestésico temporal.

La verdadera prueba comenzará cuando se apaguen los estadios, cuando las pantallas dejen de transmitir partidos y cuando las conversaciones regresen a la rutina diaria, entonces volverán las preguntas incómodas: ¿Qué cambió realmente durante este mes? ¿Mejoró la seguridad? ¿Se redujo la violencia? ¿Hay más empleos? ¿Las familias viven hoy con mayor tranquilidad que antes del Mundial? Probablemente no.

Y esa es precisamente la diferencia entre la felicidad momentánea y el bienestar permanente. La Copa del Mundo será un recuerdo inolvidable. Las imágenes de un país unido permanecerán durante muchos años, pero la euforia, como todas las emociones, termina.

Lo que no debería terminar es la exigencia de resolver los problemas que siguen esperando mucho después del silbatazo final. Porque los campeonatos duran un mes, pero la realidad… esa sigue jugándose todos los días.


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